Hace treinta y dos años, Don Roberto llegó aquí con doscientos dólares en la bolsa. Puso un taller. Empezó él solo.
Hoy tiene ocho empleados y el teléfono no para de sonar. Pero un día se enfermó — nada grave, dos semanas en cama — y en esas dos semanas el negocio casi se le cae.
Porque los precios estaban en su cabeza. Los proveedores los conocía solo él. Todas las decisiones pasaban por él. Sin Don Roberto, no había negocio: había un cuarto lleno de herramientas y ocho personas sin saber qué hacer.
El valor de tu negocio no depende solo de cuánto factures. Depende de una pregunta: ¿puede funcionar sin ti?